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No decidimos ni cuándo ni dónde nacemos y morimos

¿Qué poder tenemos para decidir determinadas cuestiones?

Persona mayor de la mano de otra

Estas líneas son fruto de una reflexión tras la entrevista con una señora de 75 años, viuda, con dos hijos, diagnosticada de depresión y con un sentimiento de soledad a flor de piel.Sus últimas palabras fueron:

“Deseo morir. No tengo ilusión por nada”

Existen cambios inevitables, los que no decidimos, los que tienen que ver con la evolución propia de nuestro cuerpo y de nuestra historia (no elegimos la familia en que nacemos, ni nuestra estatura, ni  las arrugas que nos aparecen, ni la aparición de una enfermedad, ni el fallecimiento nuestro o de un ser querido).

No somos conscientes de que el nacer en un lugar o en otro te condiciona la vida. El lugar que se me otorga en la familia y en el mundo será consecuencia de la forma en que yo haya sido deseado por mis padres, en la forma que yo haya sentido ese deseo de ellos hacia mí. Muchos padres proyectan en sus hijos las propias frustraciones esperando que éstos hagan lo que ellos no pudieron realizar.

Primero fueron los padres, luego, se extiende al resto de la familia, los amigos, maestros, personas de nuestro entorno, etc…

El pasado no puedo cambiarlo, sólo debo conocerlo para modificar mi presente y así tener la capacidad de proyectarme hacia el futuro.

Y el futuro está cerca de la muerte. Es una lástima que en esta moderna sociedad estemos llorando a los enfermos que sufren innecesariamente, y que algunos de ellos lloren porque no les dejan morir. La dignidad reside en que a una persona no le nieguen el derecho natural a decidir sobre su propia vida. Hay enfermedades para las que la única cura es la muerte, no tengamos miedo a decirlo.

Comencemos a hablar a los niños de la muerte diciéndoles la verdad. “No podemos aislar al niño de las emociones de los adultos: él ve el llanto, ve a sus padres tristones, el silencio, que salen menos de casa, que dejan de salir con sus amistades. El niño sabe qué ha ocurrido y tiene que aprender a gestionar esas emociones, tanto suyas como de los adultos”.

Hay que enseñar al niño a manifestar sus emociones, dependiendo de las edades, a través del llanto, del dibujo, de las verbalizaciones que puede hacer del tipo ‘echo de menos a mamá’, ‘echo de menos al abuelo’… Hay que enseñarle que lo que está sintiendo es tristeza, y que eso es normal, para que los niños más pequeños aprendan a identificar esas emociones.

La muerte es algo natural que a todos nos llega. Es pasar de un estado a otro. Hablemos de ella. Hagamos que la muerte no sea  un tabú social. Muramos habiendo aprendido alguna que otra lección.

Joana Ruiz murillo

Colaboradora Grupo Retiro Barcelona

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