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Entrevista a André Comte-Sponville: envejecimiento

 

hombre mayor con barba sobre fondo negro“¿Tienes miedo ante el hecho de envejecer? ¿Piensas en la muerte? ¿Supone la muerte un problema para ti?”

¡La respuesta es sí, por supuesto, y a las tres preguntas!

Cuarenta años es una bonita edad. Cincuenta o sesenta años no me llenan de terror. ¿Pero después? Yo temo la vejez en su grado máximo, la degradación y la ruina, el encogimiento del espíritu y del corazón, el desgaste, la incapacitación (sobre todo la sordera, que me amenaza cada vez más), la senelidad,la dependencia,quizás incluso la demencia…¿ Y quién no preferiría ser joven? La vejez es una antiutopía real: ¡exactamente lo contrario de lo que nosotros esperaríamos! Sí, ya sé que hay vejeces hermosas; pero, ¿quién puede jurar lo mismo de la suya? El cerebro es el que manda. Y la enfermedad también. Temer el envejecimiento me parece una actitud normal. La filosofía nos enseña a aceptar el miedo, a ser más fuertes que él a veces, pero no lo anula cuando el peligro es real.Ahora bien, ¿qué peligro es más real que la vejez?

La muerte es indiferente: no es nada para nosotros, como dice Epicuro, por lo que  no hay nada que temer de ella. La nada es lo contrario de un peligro, puesto que no puede ser peligrosa para nadie. Pero tú me preguntas no si temo a la muerte, sino si pienso en ella. ¡Naturalmente que sí! ¿Cómo pensar en la vida sin pensar en su finitud? ¿Cómo pensar en la vida sin pensar en la muerte? ¡La muerte no es nada, es cierto pero nosotros nos morimos, y eso sí que es algo! Después, el miedo a la muerte, incluso imaginario como él es, es el movimiento espontáneo de cualquier ser que sabe que es mortal. Ésa es la razón por la que hay que pensar en la muerte, en su verdad (como  nada que es), para dejar de imaginársela o de temerla. Estoy perfectamente de acuerdo en que la sabiduría es la meditación de la vida y no de la muerte. Pero, ¿cómo meditar en la una sin pensar en la otra? Me preguntas si la muerte es un problema…Es lo menos que se puede decir, ¿no? Pero resulta que este problema tiene la solución en sí mismo, lo cual ya proporciona una cierta tranquilidad. Los muertos ya no tienen problemas con la muerte. ¡Pero los vivos, sí! Problema imaginario, una vez más, puesto que la muerte (en cualquier caso la nuestra) nunca está presente, y cuando sí que está, significa que nosotros ya no estamos. Pero la realidad es ésa: la filosofía no deja de toparse con problemas imaginarios, con el fin de liberarnos de ellos. En fin, está la muerte de los demás, y el pensamiento, cuando puede, también tiene que enfrentarse a ella. Hace ya muchos años, perdí al ser que más quería en este mundo­­- mi hija, por entonces única-, y jamás conseguirán que yo diga que eso no cambia nada. El horror y la desgracia forman parte de la vida. ¿Hay duelo? Sí, termina por hacerse. Pero la angustia permanece porque permanece también la fragilidad. ¿Quién es capaz de amar sin temores? ¿Qué padre,qué madre puede hacerlo sin sobresaltos? Somos mortales y amantes de mortales. Por eso la vida es trágica y ésa es también la razón por la que debemos filosofar. Filosofar es aprender a vivir, evidentemente, no aprender a morir. ¿Pero cómo vivir felices sin aprender a aceptar la muerte?”

Joana Ruiz Murillo

Delegada de Grupo Retiro en Cataluña

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